Siria, la cuna de la civilización

Siria ocupa un lugar privilegiado por encontrarse en plena encrucijada de caminos entre Europa y Asia. Su posición estratégica en las rutas comerciales en la época de la Historia antigua convirtió su territorio en un lugar de encuentro para las diferentes culturas que se desarrollan en el Mediterráneo oriental. Ubicada en pleno centro del Creciente Fértil, formaba parte de Mesopotamia, una de las primeras civilizaciones.

Cuna de civilizaciones
Siria ha recibido múltiples influencias culturales y todas ellas han dejado sus huellas en forma de magníficos vestigios que hoy pueden ser visitados. Desde el desierto hasta la orilla del mar Mediterráneo, todas las civilizaciones mesopotámicas han dejado su huella, pero también griegos, persas, hititas, romanos, arameos, bizantinos… Y cuando el Islam impuso su hegemonía, lo hizo bajo su manto más tolerante y culto.
En la costa Mediterránea es importante la ciudad de Latakia, como gran puerto comercial, y Tartus, como primer enclave fenicio y hoy próspera ciudad litoral cuya catedral gótica de Nuestra Señora de Tortosa fue fundada por los Cruzados. Otras ciudades modernas importantes son Homs, rica ciudad del centro del país; Hama, a orillas del río Orontes con sus famosas norias; Deir Ez-Zor, bañada por el mítico río Eúfrates; Idlib, ciudad burguesa que alberga el Museo de las tablillas; Raqqa, ciudad con restos de época islámica; y Hasakeh, muy importante en la Djezire, la zona agrícola-cerealística por excelencia. Los museos de todas estas ciudades albergan riquezas imposibles de igualar.
Sin embargo, el mayor privilegio del viajero es poder visitar ciudades antiguas como Ebla, ciudad-estado del 2500 a.C. en cuyo palacio aparecieron 17.000 tablillas cuneiformes; Mari, del III milenio a. C., al borde del mítico río Eúfrates; Ugarit, donde nace el alfabeto; Palmira, monumental ciudad helenística a orillas de un oasis, bosque inmenso de palmeras y olivos; Bosra, ciudad romana viva, muchos de cuyos monumentos siguen estando habitados; Apamea, la llamada esmeralda de Siria por su verde campiña; San Simeón, conjunto bizantino; Crac de los Caballeros, impresionante castillo de los Cruzados donde se alojó Ricardo Corazón de León; el castillo de Saladino…

Damasco es eterna
Es la ciudad más antigua del mundo aún habitada. Hogar de árabes, judíos, cristianos, kurdos, armenios, circasianos… Centro del mundo durante la dinastía Omeya. Salam Alekum, viajero, a ese pedazo de paraíso en la tierra que es Damasco, la capital de Siria. Damasco huele a especias y a rosas. Suena a bullicio. Y recuerda al cuento de Las mil y una noches.
Damasco se remonta al IV milenio antes de Cristo. Aunque no sería hasta los tiempos del rey David, quien se hizo con el dominio del Oriente Próximo alrededor del año 1000 a. de C., cuando comenzó a ganar importancia. Poco después se convertía en la capital de un pequeño reino, Siria. Ya nunca dejó de ser centro de poder. Un poder que alcanzó su máximo esplendor entre los años 661 y 750, cuando el califato Omeya la erigió capital del más vasto imperio conocido hasta entonces, y que iba desde España hasta los límites de Mesopotamia. De esa época es su mejor joya arquitectónica, la gran mezquita de los Omeya, primera que se construyó según los patrones de la doctrina musulmana y que se convirtió en modelo para templos posteriores.
Damasco, cuyo nombre en árabe es Dimachk-cham, es una de las ciudades santas del Islam. Sus múltiples mezquitas son lugares de peregrinación para muchos creyentes que van a visitarlas y a orar. Uno de los lugares santos de la secta chií es el mausoleo de Saiyida Zenab, situado a las afueras de la ciudad.
Hoy toda la ciudad antigua, la que se enmaraña en calles estrechas, zocos laberínticos y rayos de sol que se cuelan furtivamente entre las casas bajas, se aprieta en torno a sus muros. Su patio de 612 metros cuadrados, pavimentado en mármol y con un estaque para las abluciones en el centro, señala el punto equidistante entre Constantinopla y la Meca. El interior, sobrecogedor, invita al recogimiento en un bosque de columnas y magníficas lámparas. El aterciopelado sonido de las voces de los fieles en la oración o, simplemente, en animada charla, completan un escenario de ensueño.
En los barrios antiguos nos sentiremos los protagonistas de un cuento de mil y una noches de duración. La tradición popular describe a Damasco como el Jardín del Edén por su hermosura y fertilidad, bañada por el río Barada y sus siete fuentes. Cuenta la leyenda que al llegar el Profeta Mahoma a las puertas de la ciudad no quiso entrar en ella, pues no quería ver el Paraíso antes de morir.
Damasco surgió sobre un oasis, el de Ghouta. Y se convirtió ella misma en oasis de tolerancia. En una zona del mundo donde el odio parece haberse asentado definitivamente, aquí hay barrio cristiano, barrio árabe y barrio judío. Iglesias armenias. Centros de reunión para los kurdos. Lugares donde todos se mezclan, conviven. Sin fronteras de rencor. Es la grandeza de una ciudad que vio pasar a muchos pueblos y que ha sabido conservar su personalidad de ciudad abierta. Damasco va más allá de las murallas de la ciudad vieja. Fuera, nuevos y populosos barrios se levantan entre amplias avenidas atestadas de coches, luces de neón, y gente que va y viene. Y es que el espíritu milenario pervive incluso en la modernidad. Hay tiendas, bullicio, cines de carteleras multicolores… aunque sin el sofisticado atractivo de las milenarias callejuelas de intramuros.
Por eso, al caer la tarde, cuando el benigno cielo de Damasco se inunda de una extraña luminosidad violácea, hay que regresar a la ciudad vieja. Poco a poco la noche se come a bocados de oscuridad las calles. Estas se sacuden el exceso de vida que horas antes las inundaba. Termina el día, uno más en esta ciudad que ostenta con orgullo mal disimulado ser la ciudad más antigua del mundo aún habitada.

Alepo, la legendaria
Alepo se disputa con Damasco y Hamma el ser la ciudad, siempre habitada, más antigua del mundo; este título que suelen mencionar todos los estudios monográficos hechos sobre la ciudad puede dar una idea de la importancia histórica del lugar.
Alepo la blanca, construida con piedra marmórea del color del nácar que brilla con el sol. Alepo, una ciudad cristiana que sin embargo levanta al cielo los alminares de sus 300 mezquitas y medersas. Por la mañana nos despertarán las campanas del barrio cristiano, y los domingos veremos mujeres con mantillas, niñas en trajes de organdí y hombres endomingados que al salir de la iglesia dan limosna al mendigo como quiere la moral cristiana. Como toda gran ciudad que se precie de su pasado, Alepo tiene un impresionante Museo Arqueológico, pero lo más espectacular es su plaza, de corredores que suben y bajan y se abren en plazoletas.
Alepo ha encontrado en su plaza de mercado el corazón que bombea vida a la ciudad. Un corazón muy activo, cuya bóveda salpicada de claraboyas por las que se escurre el sol, cubre un juego infinito de callejuelas, pasadizos y tiendas. Un corazón destinado no sólo a comprar y vender, sino también a ser punto de encuentro, lugar de intercambio de ideas, escenario donde compartir información. No es el zoco de Alepo tan grande como los de El Cairo o Estambul, ni mucho menos, pero sí más hermoso y, sobre todo, mucho menos turístico. Por ello, perderse en él permite descubrir la esencia de este ovillo donde cada mercancía tiene su lugar. Aquí los vendedores de libros. Allí los de perfumes y joyas. A este lado, los de ropa. Un poco más allá, los de comida. Los más alejados, los ruidosos artesanos, los curtidores…
Es imposible, tras un tarde en este laberinto, no desear sentarse a tomar un té, un café o un narguile de tabaco aromático.

Una iglesia sobre un sueño
Qalaat Seman se encuentra a 40 kilómetros de Alepo y aquí se localizan las ruinas de la iglesia de San Simeón, también conocido como Simeón el Estilita.
Según parece, este santo permaneció durante 36 años encima de una columna con el deseo de aislarse del mundo buscando su paz interior y estar más cerca del cielo. Era un pastor venido del norte de Siria que se hizo monje como resultado de un sueño.
De la columna no subsiste más que un pequeño muñón; el resto se ha perdido a causa de la devoción al santo. Durante muchos siglos todos los peregrinos y visitantes del lugar quisieron llevarse un recuerdo, un trozo de la columna del prodigio o siquiera un poco de polvo. De esta manera, el pilar fue desgastándose y desapareciendo.
Poco después de su muerte, se construyó una de las más bellas iglesias de Oriente en la colina donde el santo había permanecido subido en su estrecho habitáculo. Cuatro basílicas dispuestas en forma de cruz que creaban una especie de plaza octogonal, cubierta por una cúpula en cuyo centro se situaba la columna sagrada.

Malula
El pequeño pueblo de Malula se encuentra en un valle encajonado al pie de una serie continua de acantilados, a más de 1.600 metros de altitud. Bajo escarpadas y desnudas paredes pétreas, un enjambre de casas se eleva una encima de otra dispuesta de tal manera que las azoteas de unas sirven de callejones y pasos a las de más arriba.
Algunas están materialmente colgadas de los salientes de los acantilados casi desafiando la ley de la gravedad. Sus colores amarillos, azules o malvas contrastan con el ocre de las rocas. Diminutas ventanas y aberturas, pequeñas galerías sostenidas por inseguros tablones de madera y pequeñas puertas adornan estas construcciones cúbicas. Todo en la ciudad es casi irreal, como el idioma que utiliza su población: el arameo, la antigua lengua que dominó Oriente Próximo y en la que predicó Jesús.

Fuente aquí.

1 comentario

  1. extraordinaria narracion,


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