Érase cuando éramos libres

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Título original: Once When We are Free

Por Jon Rappoport

Traducido por FTG

Somos mucho más sensatos ahora. No vivimos nuestras vidas tanto como las planificamos y organizamos. B sigue a A. D sigue a C. Tomamos nuestras medicinas y nuestras inyecciones porque el médico así lo ordena.

Somos cuidadosos, porque los accidentes ocurren.

Nosotros no decimos lo que está en nuestras mentes una gran parte del tiempo, debido a lo que otras personas pudieran pensar, y ¿quién sabe? Podríamos tener problemas.

Pero érase una vez, cuando éramos jóvenes, éramos libres. No recibimos ningún disparo, y cuando nos enfermabamos nos recuperabamos. Éramos más fuertes de lo que los niños son ahora. Nosotros no pediamos mucha protección y no se nos dio demasiada, y hemos sobrevivido.

No se hablaba acerca de las necesidades del grupo. Cuando fuimos a la escuela, no nos contaron acerca de las formas que podríamos ayudar a otros. Eso era algo que aprendiamos en casa. No nos enseñaron sobre El Planeta. En lugar de ello, aprendimos a ocuparnos de nuestros propios asuntos, y no era considerado un delito.

Cuando jugabamos, los adultos no se alineaban y aconsejaban cada movimiento que hacíamos. Encontrabamos lugares para jugar por nuestra cuenta, y nos dimos cuenta de todo. Había ganadores y perdedores. No habia trofeos de plástico. Jugabamos un partido, y luego otro. Perdimos, ganamos. Competimos. Perder no era una tragedia.

No había “estados” de la infancia como el TDAH o la bipolaridad, y desde luego no tomábamos ninguna droga cerebral. La idea de que un niño fuera al psiquiatra habría sido absurda.

Las personas eran quiénes eran. Tenían vidas. Tenían personalidades. Tenían excentricidades, y vivían con ello.

Había muchos menos susurros y chismes. Había menos camarillas. Los niños no mostraban sus posesiones como signos de su identidad. Un niño así era ignorado, incluso rechazado.

Los niños nunca actuaban como pequeños adultos. No vestían como adultos. No querían ser falsos adultos.

Nuestros padres no nos consultaban sobre lo que queríamos. Nosotros no  éramos parte del proceso de toma de decisiones. No nos necesitaban para eso.

No éramos “extra-especiales”. No éramos delicados.

Nadie nos preguntó acerca de nuestros sentimientos. Si lo hubieran hecho, habríamos estado confundidos. ¿Sentimientos? ¿Que es eso? Estábamos vivos. Sabíamos eso. No necesitabamos nada más.

Podíamos detectar mentirosos a una milla (1,8Km) de distanca. Podíamos detectar a los farsantes de toda la ciudad. Sabíamos quiénes eran los adultos realmente locos, y permanecíamos alejados de ellos.

No necesitamos gadgets y máquinas para ser felices. Sólo necesitábamos un lugar para jugar. Si querías un lugar para estar solo, lo encontrabas, y leías un libro.

No había compulsión para “compartir”

La escuela no era una especie de laboratorio social o servicio de niñera. Estábamos allí para aprender, y si trabajamos duro, lo hacíamos. Los maestros sabían cómo enseñar. Los libros de texto eran adecuados. Como quiera que los libros fueran nuevos o viejos no importaba.

A los niños no se les enseñaba cómo ser pequeñas víctimas.

El sexo era un tema privado. Se te enseñaba acerca de ello en casa o nada en absoluto. Ciertamente no aprendías de este en la escuela. Eso habría sido ridículo.

Algunos de nosotros recordamos ser jóvenes, y ahora, todavía tenemos esa Estrella del Norte. Todavía no tomamos nuestras vacunas y medicamentos. Todavía no tomamos cada palabra que dice el doctor como si viniera de Dios. Todavía sabemos que perder no es un delito o una ocasión para hacer teatro trágico.

Todavía sabemos cómo estar solos. Todavía seguimos pensando que los chismes y camarillas son para idiotas. Todavía nos sentimos libres. Todavía queremos vivir, y lo hacemos.

Todavía nos molesta la intromisión en nuestra libertad, y hablamos y trazamos la línea. Todavía nos gusta ganar y competir. Nos sigue gustando lograrlo por nuestra cuenta.

Podemos detectar mesías autoproclamados a cientos de yardas.

Como niños, vivíamos en nuestra imaginación, y no nos hemos olvidado de cómo. Es parte de quién y qué somos.

No estamos aburridos cada doce segundos. Podemos encontrar cosas que hacer.

No necesitamos garantías todos los días. No necesitamos gente que se cierna sobre nosotros. No necesitamos lloriquear y quejarnos para llamar la atención. No necesitamos una cantidad infinita de “apoyo”.

No necesitamos políticos que nos mientan constantemente, que pretenden que somos estúpidos. No necesitamos ideología metida en nuestras gargantas. Nuestra ideología es la libertad. Sabemos lo que es y lo que se siente, y sabemos que nadie nos la da. Es nuestra, para empezar. Podemos tirarla a la basura, pero entonces eso es asunto nuestro.

Si dos candidatos se están presentando para la presidenca, y uno no nos gusta,  no le votamos. No necesitamos pensar en eso demadiado. Es obvio. ¿Dos idiotas, dos delincuentes? Olvídalo. Alejate.

No somos serviles,no nos entrometemos en las costumbres de otras personas. No creemos que “los niños son el futuro.” Cada generación es una nueva generación. Siempre lo ha sido. No necesitamos inyectar alguna doctrina especial para darle vida a los niños. Recordamos lo que significa ser un niño. Eso es suficiente.

Cuando éramos niños, no había exagerado sentido de la lealtad. Éramos independientes. Ahora, vemos lo que puede lograrse en el nombre de la obligación, la cohesión de grupo y de la fidelidad: crímenes; guerras imperiales; destrucción de los derechos naturales.

No hacía falta ir a un pueblo para criar a un niño cuando éramos jóvenes, y no hace falta ir ahora. Eso es todo propaganda. Eso complace a las personas que tienen miedo de ser lo que son, que tienen miedo de ponerse en pie por sí mismas.

No sentimos que sea nuestro deber curar todos los males en el mundo. Pero esto va mucho más lejos que eso. Podemos ver lo que crea ese tipo de adoctrinamiento. Se crea la percepción de un sinfín de víctimas indefensas. Y una vez que eso está firmemente arraigado, entonces por arte de magia, aparece el interminable desfile de las víctimas, confeccionado. Cuando se han cubierto algunas de las necesidades, nunca es suficiente, por lo que otras necesidades nacen. La forma más baja de estafadores venden esas necesidades desde aquí hasta el cielo y más allá. Ellos no hacen ninguna distinción entre las personas que realmente pueden utilizar la ayuda y aquellos quienes solamente se aprovechan.

No crecimos de esa manera. No caigamos en el timo ahora.

Cuando éramos niños, el número de amigos que teníamos no importaba. Nosotros no guardamos puntuación. Nadie llevaba la cuenta de la cuenta. Eso habría sido reconocido en un segundo como una forma de locura.

Como niños, no admirabamos a la gente simplemente porque otras personas los admiraban. Esa era una norma desconocida.

Nosotros estábamos vivos. Eso era suficiente. Éramos libres. Eso era suficiente.

Todavía lo es.

Cuando éramos jóvenes, teníamos sueños increíbles. Nosotros imaginábamos los sueños e imaginábamos su cumplimiento. Algunos de nosotros todavía lo hacemos. Algunos de nosotros todavía trabajamos en esa dirección. No hemos claudicado al fantasma sólo porque el mundo está loco.

El mundo tiene que aprender lo que sabemos. No necesitamos aprender aquello con lo que al mundo se le  ha lavado el cerebro para que lo crea.

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