El Héroe 2: El Héroe de las mil caras

Llevo bastante tiempo queriendo hacer un comentario de este estupendo libro, desde que leí hace unos años el ensayo sobre El Emperador de todas las cosas de Spinrad (imagino que todos lo conoceréis a estas alturas, de no ser así dejad de leed esto y tiraos al google) me sentí fuertemente atraído por el libro de Campbell. La idea de psicoanalizar los mitos no puede negarse que es de por sí atractiva, tanto como mueve a la precaución la enorme pretensión de realizar tal titánico empeño. Precaución movida también por la necesidad de preguntarse qué es lo que fundamente ya no sólo el estudio en sí, sino el fenómeno que estudia. Esto es así debido a las peculiares características de la psicología como ciencia, en donde es también el objeto de estudio lo que está en cuestión perenne. En este caso el fenómeno a estudiar se sustenta en la idea de la conciencia colectiva, el enfoque desde el que se hace una especie de fenomenología del mito es desde la hipótesis de que todos los mitos participan del fértil campo de lo colectivo. Que cada cual estime lo que desee, a mi es desde luego un punto de partida que me fascina e interesa en grado sumo, pero creo que hay que ser consciente al menos de sus “debilidades”

Dicho esto añado que no es un libro fácil, fundamentalmente porque no pretende ser un libro didáctico al estilo de la literatura divulgatiba a la que estamos acostumbrados, en muchas ocasiones su lectura se hace cuesta arriba y resulta árido. No obstante uno no puede menos que negar que desde la perspectiva que mantiene buena parte de los géneros que tanto nos gustan encuentran una curiosa explicación, o al menos a resultas de esa mirada panorámica las cosas no pueden verse luego iguales.

Todos los mitos participan en realidad de una estructura única, fundamental, una suerte de Monomito que se repite de diversas maneras siguiendo un mismo patrón. La narración mítica sigue siempre tres etapas distinguibles que se articulan en su fisicidad en un viaje, algo así como el Camino del Héroe. Esto es una etapa iniciática que implica siempre una partida del hogar impulsada por la necesidad de emprender un viaje y por ende una iniciación, un aprendizaje. El héroe inicialmente rechaza la llamada a la aventura, mantiene una posición en la que el miedo al cambio lo motiva a rechazar la Importante Misión a la que está destinado, algo que le reporta un enorme dolor y la intervencción de algún tipo de maestro, un ser perteneciente a un mundo u orden superior cuya función es la de instruir al héroe.

En este punto del viaje suele haber un descubrimiento de otro nivel de consciencia, de una realidad superior que explica en gran medida la realidad mundana, en esta segunda etapa el héroe se prepara y por ende su consciencia. Empieza a comprender el sentido del viaje, al mismo tiempo que descubre la verdadera naturaleza de la realidad, únicamente no logra asimilarla por completo y cae en tentaciones mundanas que deberían haberse dejado de lado. En lo fundamental el héroe se ve atacado en todo aquello que queda de él como sujeto normal, es el chico del pueblo, el humano normal de los inicios el que debe ser purgado. En esencia es la consciencia del héroe la que debe ser cambiada, sintonizada con ayuda sobrenatural o ultramundana, puesto que su destino final es liberar ese conocimiento al resto de la humanidad.

Es en esta tercera etapa en donde se realiza la resolución del problema inicial, la llamada a la aventura está destinada finalmente a la consecución de la consolidación final de la consciencia del héroe como humano salvífico. Si anteriormente se le descubre al héroe el velo de las apariencias, ha sido tentado sin éxito, es este momento el de aceptar lo verdaderamente real como tal, en la madurez el héroe ya no es sólo el rey de un mundo sino un maestro en ambos. Comprende aquello que es trascendental, que imprime el carácter universal a todo y debe por tanto regresar, puesto que es al final del ciclo cuando el héroe victorioso retorna al hogar, iluminado y por ello mismo distanciado del mundo originario. Es en este regreso donde se produce el fenómeno emancipativo, en donde el héroe que ya no tiene un ego concreto e individual entrega su enseñanza al mundo real de partida.

A poco que uno se esfuerce un poco encuentra que este esquema se repite ciertamente en practicamente todo mito y que incluso ha alcanzado a estar presente en buena parte de la narrativa que consumimos en cualquier medio.

El mito no tiene únicamente la función de hacer comprensible al mundo, como suele enseñarse en las escuelas, porque no son sencillamente historias simplonas producto de la ignorancia para explicar fenómenos naturales. Como en toda forma de religiosidad, por definición etimológica, lo que se busca es un punto de unión en términos religativos, esto es, reestructurar el mundo para que este se manifieste como un todo armónico, para lo cual es necesario asumir sus aspectos trascendentales.

La libertad que da el héroe al mundo no es de tipo político sino comprensivo, da herramientas a una cultura para poder integrar el sentido de las cosas a un nivel nuevo, su función no es explicar el medio de unirse a lo trasmundano sino encontrar un sentido a lo mundano desde la experiencia universal con lo trasmundano.

Olvidamos que el origen de nuestra civilización, la vieja Grecia, realizaba su paideia (proceso de enseñanza a la vez que cultura, no tenían términos diferenciados) desde Homero, en donde lo sustancial no es el poder divino que no se discute, sino desde la actividad heróica sustentada en la hybris, en el orgullo humano por el desafío a la autoridad natural, a resultas de lo cual siempre hay una enseñanza.

Los Vedas, las escrituras humanas religiosas más antiguas, tienen su culmen en el Bagavah Gitá, la narración épica de la instrucción divina de Arjuna, el guerrero arquero que no desea tomar parte de una guerra civil, cuyas enseñanzas al final no pertenecen al héroe sino al mundo.

Efectivamente el Monomito sólo tiene un Héroe pero este tiene Mil Caras.

Lástima que las narraciones comerciales de nuestros tiempos hayan desvirtuado la necesidad mítica de trascendencia colectiva en favor a la entrega del ego, tanto de los héroes como de los lectores y espectadores hasta el punto que ya no sea necesario ni apelar al mundo real, este a todo punto se ha finiquitado, extinguido, porque el Otro Mundo es otra cosa, una imagen parcial, interesada y mentirosa de este. ¿Donde queda la trascendencia, la integración?

Por eso es tan buena la trilogía del Principe de Nada y tan cachondo aquello del Pensamiento de las Mil Caras, que a luz de este ensayo da una perspectiva de la trilogía más rica, honda e interesante.

Fuente aquí.

Puedes leer el libro en castellano aquí.

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