EL Mahábharata y guerras atómicas en la antigüedad

De antiguos poemas épicos de la India nos llegan referencias de una supuesta arma atómica… hace 8000 años:

Nuestra actual civilización ha tardado aproximadamente 6.000 años en pasar de la agricultura primitiva al desarrollo de la bomba atómica, de la relativa barbarie al comienzo del dominio o desencadenamiento de las fuerzas del universo. La humanidad, sin embargo, cuya edad se calcula ahora no en miles sino en millones de años, hacía por lo menos 100.000 años que tenía una capacidad cerebral desarrollada como la del hombre moderno (algunos cráneos de Cro-Magnon muestran una capacidad craneana superior a la del hombre moderno). En los últimos veinte años de exploración arqueológica, terrestre y submarina, se ha hecho cada vez más evidente que ha habido civilizaciones anteriores tan antiguas que no sabemos sus nombres, extendiéndose hacia atrás en la noche de los tiempos antes de nuestra aurora histórica de, aproximadamente, el año 4000 antes de Cristo. Si esas civilizaciones anteriores llegaron a tener un sistema de progreso científico –no necesariamente el mismo, pero comparable al nuestro–, habrían tenido tiempo sobrado de desarrollar una sociedad tecnológica que les pudiera llevar a explorar y usar la fuerza atómica, hasta enfrentarse, como ahora nosotros, con la misma alternativa de control o destrucción. Quizá ése es un desarrollo normal en una civilización que adelanta constantemente –adelanta hasta que se destruye a sí misma–.

Ciertos informes culturales conservados en la antigua literatura histórica y religiosa, parcialmente confirmados por algunos curiosos descubrimientos arqueológicos, parecen indicar que algo parecido a bombas atómicas se empleó en guerra en este planeta miles de años antes de que empezara la actual historia escrita. No hemos reconocido esas detalladas referencias a la guerra nuclear en las leyendas antiguas hasta que no hemos desarrollado nosotros mismos la fuerza atómica.

La mayor parte de esas referencias proceden del Mahabharata, el Ramayana, textos puránicos y védicos, el Mahavira Charita y otros textos sánscritos, que, libres de los incendios y destrucciones sufridos por tantos libros de la antigüedad mediterránea y del Medio Oriente, nos han llegado directamente, desde tiempos antiguos. Las referencias “atómicas” que contenían, a los ojos occidentales, desde la primera traducción completa del Mahabharata en 1843 se escribió (originalmente en sánscrito hacia 1500 a. C., sobre leyendas que databan de 5.000 años antes), parecían sólo ejemplos de férvida imaginación oriental, sobre guerras de dioses y héroes antiguos.

Mahabharata significa, en sánscrito, Gran Bharata; es el más extenso poema épico de la literatura india antigua –el segundo es el Ramayana–. Aunque ambos son básicamente obras profanas, se recitan de manera ritual y confieren supuestamente méritos religiosos a quienes los escuchan. Sólo después de las explosiones atómicas, a partir de 1945, se empezó a advertir poco a poco, entre quienes conocían bien esas obras antiguas, qué es lo que realmente describían. Parecían referirse a detalles específicos de guerra atómica y sus efectos, y representaban o bien un increíble recuerdo del pasado o una inquietante profecía del futuro.

El doctor Robert Oppenheimer, que tenía un amplio conocimiento de la literatura sánscrita y las leyendas hindúes, recordó cuando la primera explosión desgarró el cielo de Nuevo México, unos versos del antiguo Mahabharata, compuestos hace miles de años en la India pero extrañamente aplicables a la era nuclear:

Si el fulgor de mil soles
Estallara de repente en el cielo,
Sería como el esplendor del Poderoso…
Ha llegado a ser la Muerte, la destructora de mundos

Albert Einstein lo dijo menos poéticamente, pero de modo más directo al observar:
“El hombre tiene ahora un poder de destrucción contra el que no tiene medios de defensa”:

Sólo siete años después de la primera explosión atómica en Nuevo México, el doctor Oppenheimer, que conocía bien la antigua literatura sánscrita, estaba dando una conferencia en la Universidad de Rochester. Luego, en el turno de preguntas y respuestas, un estudiante hizo una pregunta a la que el doctor Oppenheimer contestó con una extraña reserva:

Estudiante: La bomba que se hizo estallar en Alamogordo, durante el proyecto Manhattan, ¿fue la primera en hacerse explotar?
Doctor Oppenheimer: Bueno…, sí. En tiempos modernos, sí, claro.

Quizá el doctor Oppenheimer recordaba un pasaje que había leído en el Mahabharata sobre una antigua guerra en que se introdujo una nueva arma aterradora:

(Era) un solo proyectil
cargado con toda la fuerza del Universo.
Una columna incandescente de humo y llamas
brillante como diez mil soles
se elevó en todo su esplendor…
…Era un arma desconocida,
un relámpago de hierro,
un gigantesco mensajero de muerte,
que redujo a cenizas
a toda la raza de los Vrishnis y los Andhakas.
…Los cadáveres quedaron tan quemados
que no se podían reconocer.
Se les cayeron el pelo y las uñas:
los cacharros se rompieron sin motivo,
y los pájaros se volvieron blancos.Al cabo de pocas horas
todos los alimentos estaban infectados…
…Para escapar de ese fuego
los soldados se arrojaban a los ríos,
para lavarse ellos y su equipo…

Las dimensiones de esa arma legendaria tienen cierta semejanza con los proyectiles tácticos nucleares de hoy día:

…Un tallo fatal como la vara de la muerte.
Medía tres codos y seis pies.
Dotado de la fuerza
del trueno de Indra, la de mil ojos,
destruía toda criatura viva…

Los poderosos efectos de la explosión y el calor producidos por esa arma se describen de una manera imaginativa y lírica, pero una manera que se podría aplicar (salvo por los elefantes) al lanzamiento de una bomba atómica:

…Entonces (el dios de esa poderosa arma)
se llevó por delante multitudes de Samsaptakas
con corceles y elefantes y carros y armas,
como si fueran hojas secas de los árboles…
Llevados por el viento, oh Rey,
parecían hermosos allá arriba
como aves en vuelo arrancando de los árboles…

Y después:

…Vientos de malos auspicios llegaron a soplar…
El Sol pareció dar la vuelta,
el Universo, abrasado de calor,
parecía tener fiebre.
Elefantes y otras criaturas de la tierra,
abrasados por la energía del arma,
huyeron corriendo…
las mismas aguas al calentarse,
las criaturas que vivían en ese elemento
empezaron a arder…
Hostiles guerreros caían como árboles
quemados en un fuego furioso…
Enormes elefantes quemados por esa arma,
caían por tierra…
…Lanzando terribles gritos…Otros abrasados por el fuego corrían de acá para allá
mientras, en medio de un incendio de bosque,
los corceles… y los carros también…
quemados por la energía de esa arma…
parecían como copas de árboles
quemados en un incendio de bosque…

Mohenjo-Daro. No se sabe quienes la construyeron, pero si que lo hicieron en las riberas del río Indo, en la actual Pakistán, y es el primer centro urbano planificado de la historia. Pese al terrible significado de se nombre –“Monte de los Muertos”–, mantuvo su poder y prosperidad por centenares de años.

Como si no hubiera bastante coincidencia en las detalladas descripciones de algo muy parecido a un bombardeo atómico, nos llega desde el antiguo Mahabharata una suerte de protesta antibomba:

…Una sustancia como fuego
ha surgido a la existencia
quemando ahora colinas y ríos y árboles.
…Toda clase de hierbas y césped
en el Universo móvil e inmóvil
quedan reducidos a cenizas…
Vosotros, crueles y perversos,
emborrachados de orgullo,
mediante ese rayo de hierro llegaréis a ser
los exterminadores de vuestra raza…

Se recuerda el efecto definitivo, toda vía desconocido, de una superbomba, al leer en el Ramayana sobre un proyectil:

Tan poderoso que podía destruir
la tierra en un momento:
un gran ruido que se elevaba en humo y llamas…
y sobre él está sentada la Muerte…

Cabe preguntarse si esas referencias, imaginativas pero de un modo u otro casi probables (“admisibles”, entre comillas parece una palabra más justa), transmitidas a los tiempos presentes por los clásicos de la India, están basadas en un recuerdo de su uso por parte de alguna civilización anterior, un pueblo que usó esa fuerza y mediante su uso dio lugar a su propia destrucción.

Después, un pasaje del Samarangana Sutradhara de Bhoja trata de la decadencia de las armas de artillería, miles de años antes del tiempo en que se escribió eso, implicando un retorno a formas más sencillas de guerra antes de los tiempos históricos. No sabemos, claro, si alguna cultura prehistórica empleó o no bombas protoatómicas, aunque hay indicaciones bastante inquietantes fuera del campo de la poesía religiosa.

Volviendo a la historia… En Pakistán, en lo que era el valle del Indo, de la India, hay ruinas de varias ciudades antiguas que tienen fama de haber albergado en sus enormes áreas, poblaciones de más de un millón cada una. No se mencionan en la historia: podemos suponer que existían antes de nuestra historia escrita. Las más grandes se llaman ahora Mohenjo-Daro y Harappa, aunque no tenemos idea de cuáles eran sus nombres cuando prosperaron. Su sistema de escritura no ha sido descifrado nunca, aunque se ha encontrado en otra zona: en la isla de Pascua, en el Pacífico, exactamente al otro lado del mundo. Al parecer, estas dos ciudades fueron destruidas repentinamente: las excavaciones hasta el nivel de sus calles han revelado esqueletos dispersos, como sí el fin del mundo hubiera llegado tan rápidamente que los habitantes no hubieran tenido tiempo de irse a sus casas. Esos esqueletos, al cabo de no se sabe cuántos miles de años, están todavía entre los más radiactivos que se han encontrado nunca, al nivel de los de Hiroshima y Nagasaki.

Cabría decir, teniendo en cuenta la larga familiaridad de la India con las “leyendas” del Relámpago de Hierro, que podría haber mostrado menos entusiasmo antes de unirse a las potencias atómicas con la explosión subterránea de su primera bomba atómica (¿o quizá primera después de 8.000 años?) en Rajasthán, en mayo de 1974.

Fuente aquí.

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